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La historia de Javier Hernández, el arquero sordo de 25 de Mayo

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«Ser sordomudo nunca impidió que yo haga lo que me gusta; siempre busqué la manera de salir adelante porque no existen límites cuando las cosas se hacen con amor y pasión», resume Javier Hernández luego de contar su historia. «Siempre supe que Dios y mi familia estaban presentes para ayudarme o ser la voz que no tengo», agrega el joven de 25 de Mayo.
Javier creció en un hogar muy humilde, sin padre y como sostén familiar. La imposibilidad de recibir una educación acorde a su discapacidad la suplió desarrollando su propio lenguaje de señas para comunicarse con sus allegados. Encontró en el dibujo la vía para expresar sus sensaciones y en el deporte uno de los vehículos para insertarse en la sociedad.
Practicó atletismo, voleibol y karate. Hoy, a los 34 años, es arquero del Club Punto Unido en la Liga Independiente de Fútbol de su localidad.

Lenguaje casero.
«Soy Juan Javier Hernández, tengo 34 años y nací en 25 de Mayo, La Pampa», explica Javier en un contacto vía mail con LA CHUECA. «Soy sordomudo de nacimiento, mi mamá Alicia Hernández fue la que se dio cuenta que era así cuando tenía aproximadamente seis meses de vida. Ella me contó que le llamaba la atención que a pesar de los ruidos yo seguía durmiendo, entonces agarró una cuchara y una tapa de olla y comenzó a golpearla cerca mío. Al darse cuenta que era sordo, me levantó a ‘upa’ y me abrazó muy fuerte», cuenta con crudeza Hernández, acompañado y asistido por su hermana Natalí.
«Fui a la Escuela Especial Nro. 10, me gustaba mucho, pero no aprendí lenguaje de señas porque en ese tiempo no existían los recursos ni los medios para que me enseñen. Las maestras me trataban con mucho cariño», recuerda el veinticinqueño, que desde chico realizó changas para ayudar a su familia.
Y en el mismo sentido agrega: «Al vivir en un pueblo tan alejado de las ciudades, no había un lugar en donde poder aprender o capacitarme para poder comunicarme con el resto; sumado a que crecí en una familia de bajos recursos y era imposible que mi madre pudiera llevarme a un lugar donde se brindaran capacitaciones».
«Es por eso que con mi grupo familiar creamos una lengua de señas casera y así nos comunicamos. No hay problema cuando quiero expresar algo con mi grupo familiar (mamá, hermanos, primos, amigos y sobrinos); el problema surge cuando quiero comunicarme con el resto», señala Javier, y cita un ejemplo de su vida diaria: «Cuando voy a comprar algo, odio ir con el papelito (las anotaciones de mamá), entonces busco lo que quiero comprar en google -imágenes-, las memorizo y voy al mercado».

Dibujo y deporte.
Hernández encontró en el dibujo y en el deporte dos aliados para expresarse y para sentirse parte de la sociedad. «Me encanta dibujar. Para expresar mis sentimientos, si algo me pasó en el día o lo que he vivido de niño, lo plasmo en historietas», asegura el joven del sur pampeano. «Uso mucho la red social Facebook; a través de ella cuento esas historias», amplía Javier.
«El deporte fue lo que me sacó adelante. Como no tuve la posibilidad de ir a la escuela, 25 de Mayo siempre me brindó un lugar para poder hacer lo que me gusta, que es hacer cualquier deporte», resume sobre su gran pasión.
«Comencé a los 16 años en la escuela de atletismo; practicaba carreras, salto en alto, lanzamiento de bala, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y en una oportunidad pude participar en una competencia en Santa Rosa. Mi profesora de atletismo era Andrea Miranda, ella me inició en esto y la recuerdo con mucho cariño», repasa.
«Unos años más adelante comencé a asistir al Polideportivo, donde se dictaba vóleibol, y pude practicarlo hasta que me lesioné uno de mis dedos y tuve que dejar. Y cuando tenía 22 años me inscribí en una escuela de karate, donde tuve cinturón blanco, amarillo y naranja, y también hice varias competencias», cuenta sobre su derrotero como deportista.
Y agrega: «Unos años más adelante, tendría alrededor de 25 años, comencé a practicar kick boxing. Tuve varias luchas, pero a mi mamá no le gustaba porque terminaba muy herido y entonces opté por dejarlo».

Arquero en Punto Unido.
Desde hace un par de años, Javier Hernández encontró un lugar en el fútbol para desarrollar su pasión. Se acercó al Club Punto Unido por la invitación de un amigo, lo recibieron con los brazos abiertos y hoy es el arquero en la Liga Independiente de 25 de Mayo, en la que compiten con equipos de la zona.
«Un día, en el año 2019, mi amigo Patricio Zúñiga me propuso ir a entrenar al Club Punto Unido. El ya había hablado con el técnico, el Pato Aino; le había comentado sobre mi condición y Aino no tuvo ningún problema en que yo formara parte del club. Patricio fue quien habló por mí en ese momento», recuerda con cariño el apoyo de su amigo, que también presenta una discapacidad.
«Tanto el técnico como el club me aceptaron tal y como soy; no les importó mi condición. Me dieron la posibilidad de participar de un club y de una Liga. Les estoy totalmente agradecido por depositar su confianza en mí y por el apoyo que me brindan a diario», confía.
Y cierra contando una de las tantas particularidades de ocupar un puesto clave en el fútbol. «Cuando estoy en el juego, para poder acomodar y ordenar a los jugadores golpeo las palmas o pego un grito. Ellos me miran y les voy indicando qué tienen que hacer o en qué número deben agruparse (para las barreras); todo con señas e indicando la cantidad de jugadores con mis dedos», cierra Hernández, feliz por ser el arquero del Club Punto Unido.

De Cassé al «Tita» Tamone.

Una de las historias más conocidas de un arquero argentino con discapacidad auditiva es la de Héctor Jorge Cassé, conocido como «El Mudo» en el ambiente del fútbol. Nacido en Salliqueló, antes de cumplir un año sufrió una otitis aguda que le provocó la pérdida del 80% de su capacidad auditiva, por lo que también tuvo dificultades en el habla y tuvo que aprender lenguaje de señas y a leer los labios.
Las adversidades no le impidieron destacarse como futbolista. Admirador de Ubaldo Fillol, creció mirando a los arqueros y se transformó en uno de ellos de manera profesional. Debutó en Gimnasia y Esgrima La Plata en 1979, tuvo su momento de gloria en Temperley (Carlos Bilardo llegó a convocarlo para la Selección) y también pasó por Douglas Haig de Pergamino. Falleció en 2003, a los 46 años.
En el norte de La Pampa también se destacó en la década del ’80 un arquero sordo y con dificultades en el habla. Néstor Tamone, conocido como «El Tita», tuvo una larga carrera defendiendo la valla del Club Aguas Buenas de Hilario Lagos en la Liga Pampeana de fútbol.
De gran fortaleza física, trabajador del campo y muy querido por todos, «El Tita» siempre se hizo entender bajo los tres palos, a los gritos, forzando algunas palabras, golpeando sus palmas o ensayando alguna corrida para despertar a algún defensor distraído. Hoy vive en Bernardo Larroudé.

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