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Lucas, el nene que vivió 4 años en un auto, pudo terminar la primaria
19/12/15 – Lucas Cesio recibió esta semana el diploma que acredita que terminó la escuela primaria. Durante el acto de entrega del certificado su madre lloró orgullosa, es que de los siete años que dura dicha etapa escolar, seis los pasaron viviendo en la calle, pero el no tener una mesa ni sillas para estudiar fuero algunos de los obstáculos que este niño y su mamá derribaron para que con 12 años hoy sea un ejemplo de empeño.
Cuando Lucas tenía cinco años, el su mamá y sus dos hermanos quedaron en la calle por problemas económicos. Marisa, su mamá de 34 años no tenía trabajo, pero se aseguró que ninguno de sus hijos dejara de estudiar.
Los primeros años las noches las pasaban en la Plaza Éxodo Jujeño, en el barrio de Villa Urquiza, a pocas cuadras de la escuela Número 5 «Enrique de Vedia», donde estudiaba. Todas las mañanas era lo mismo: primero iban hasta una estación de servicio donde les prestaban el baño para que se higienizaran, luego empezaban a caminar y recorrían panaderías, heladerías o pizzerías en las que les daban algo para comer, si es que había: «Con mi familia no pedíamos plata, lo único que queríamos era lo que les sobrara para poder comer. Si nos querían dar dinero les decíamos que no, que preferíamos una empanada», le dijo Lucas a Mariano Gavira, periodista del diario Clarín.
Para hacer la tarea el pequeño se quedaba sentado en el cantero de un árbol, u oculto bajo el techo de alguna casas los días de lluvia.
Un anoche en la que cayó una tormenta muy fuerte en Buenos Aires, un vecino les dio las llaves de su Peugeot 505 para que pudieran dormir. Era incómodo, pero ahí no tenían miedo de que les robaran o los raptaran.
Una vez fueron a un refugio pero los trataron mal, según cuenta el niño: «Esa noche la miré a mi mamá y le dije que no quería venir nunca más y que prefería estar en el coche».
A principios de este año Marisa consiguió que le dieran una casilla en Florencio Varela, pero el chico quería terminar el colegio con sus mismos compañeros, asique para llegar tenía que tomarse un tren, dos colectivos y el subte. Todos los días se levantaba a las 4 de la mañana para poder entrar en horario a la escuela, donde lo recibían con un café con leche y galletitas. «Las quiero mucho a mis maestras porque son como mi mamá, me cuidan y me escuchan. Gracias a ellas yo aprendí todo, aunque ahora en el secundario tengo que mejorar con matemática porque es lo que más me cuesta».
Sabe que esta nueva etapa no será fácil, como tampoco lo fue antes, pero asegura que nunca bajará los brazos: «Me gusta estudiar, lo disfruto y aprendo. Es importante para poder ser alguien en la vida. A los chicos que no estudian les diría que sí lo hagan porque es una de las cosas más importantes que tenemos y con la que podemos cumplir nuestros sueños», finaliza el niño.




